«Siempre he dicho que aquello fue una muerte amable –cuenta el propio Cardoso–. Perdí la memoria, no podía escribir ni leer, no sabía nada de nadie; nada me gustaba, ni detestaba a nadie. Como no tenía memoria, tampoco tenía sentimientos. No sentí ningún dolor, y si no fuera por los amigos y mi familia aquella hubiese sido la muerte ideal.»
Uno se pasa gran parte de su vida tratando de desentrañar verdades ocultas casi siempre ajenas a sí mismo. Conocer la verdad sobre los demás, sobre las cosas, sobre Dios, siempre es menos doloroso que encontrar las propias.
Tendemos a conocer qué es lo que somos capaces de hacer, lo que somos capaces de querer y desear, cuánto pelo nos queda aún en la cabeza y los surcos que el paso del tiempo han ido labrando en nuestro cuerpo. Sin embargo hay preguntas a las que es más difícil dar respuesta y es esta incertidumbre la que nos puede causar desasosiego y un malestar que pudiéramos llamar existencial.
Los que vivimos sin conocer nuestra identidad, los que nos buscamos, los que buscamos respuestas a preguntas que difícilmente satisfaceremos, sólo nos queda el hastío, el tedio, el nihilismo....
Ante la anterior imposibilidad nos abandonamos a la vida. Aprovechamos cada día para satisfacer inquietudes que nos han creado otros y así seguimos sin encontrar respuestas. Insatisfechos, hastiados.
lunes, 11 de febrero de 2008
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